ORACIÓN INICIAL
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Señor Jesucristo, has aceptado por nosotros correr la suerte del gano de
trigo que cae en tierra y muere para producir mucho fruto (Jn 12, 24). Nos
invitas a seguirte cuando dices: «El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que
se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna» (Jn 12,
25). Sin embargo, nosotros nos aferramos a nuestra vida. No queremos
abandonarla, sino guardarla para nosotros mismos. Queremos poseerla, no
ofrecerla. Tú te adelantas y nos muestras que sólo entregándola salvamos
nuestra vida.
Mediante este ir contigo en el Vía crucis quieres guiarnos hacia el proceso del
grano de trigo, hacia el camino que conduce a la eternidad. La cruz ˆla entrega
de nosotros mismosˆ nos pesa mucho. Pero en tu Vía crucis tú has cargado
también con mi cruz, y no lo has hecho en un momento ya pasado, porque tu amor
es por mi vida de hoy. La llevas hoy conmigo y por mí y, de una manera
admirable, quieres que ahora yo, como entonces Simón de Cirene, lleve contigo
tu cruz y que, acompañándote, me ponga contigo al servicio de la redención del
mundo.
Ayúdame para que mi Vía crucis sea algo más que un momentáneo sentimiento de
devoción.
Ayúdanos a acompañarte no sólo con nobles pensamientos, sino a recorrer tu
camino con el corazón, más aún, con los pasos concretos de nuestra vida
cotidiana. Que nos encaminemos con todo nuestro ser por la vía de la cruz y
sigamos siempre tu huellas. Líbranos del temor a la cruz, del miedo a las
burlas de los demás, del miedo a que se nos pueda escapar nuestra vida si no
aprovechamos con afán todo lo que nos ofrece.
Ayúdanos a desenmascarar las tentaciones que prometen vida, pero cuyos
resultados, al final, sólo nos dejan vacíos y frustrados. Que en vez de querer
apoderarnos de la vida, la entreguemos.
Ayúdanos, al acompañarte en este itinerario del grano de trigo, a encontrar, en
el «perder la vida», la vía del amor, la vía que verdaderamente nos da la vida,
y vida en abundancia (Jn 10, 10).
PRIMERA ESTACIÓN
Jesús es condenado a muerte

V /. Te adoramos o Cristo y te bendecimos.
R /. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Lectura del Evangelio según San Mateo 27, 22-23.26
Pilato les preguntó: «¿y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?» Contestaron
todos: «¡que lo crucifiquen!» Pilato insistió :«pues ¿qué mal ha hecho?» Pero
ellos gritaban más fuerte: «¡que lo crucifiquen!» Entonces les soltó a
Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.
MEDITACIÓN
El Juez del mundo, que un día volverá a juzgarnos, está allí, humillado,
deshonrado e indefenso delante del juez terreno. Pilato no es un monstruo de
maldad. Sabe que este condenado es inocente; busca el modo de liberarlo. Pero
su corazón está dividido. Y al final prefiere su posición personal, su propio
interés, al derecho. También los hombres que gritan y piden la muerte de Jesús
no son monstruos de maldad. Muchos de ellos, el día de Pentecostés, sentirán
«el corazón compungido» (Hch 2, 37), cuando Pedro les dirá: «Jesús Nazareno,
que Dios acreditó ante vosotros [...], lo matasteis en una cruz...» (Hch 2, 22
ss). Pero en aquel momento están sometidos a la influencia de la muchedumbre.
Gritan porque gritan los demás y como gritan los demás. Y así, la justicia es
pisoteada por la bellaquería, por la pusilaminidad, por miedo a la prepotencia
de la mentalidad dominante. La sutil voz de la conciencia es sofocada por el
grito de la muchedumbre. La indecisión, el respeto humano dan fuerza al
mal.
ORACIÓN
Señor, has sido condenado a muerte porque el miedo al «qué dirán» ha
sofocado la voz de la conciencia. Sucede siempre así a lo largo de la historia;
los inocentes son maltratados, condenados y asesinados. Cuántas veces hemos
preferido también nosotros el éxito a la verdad, nuestra reputación a la
justicia. Da fuerza en nuestra vida a la sutil voz de la conciencia, a tu voz.
Mírame como lo hiciste con Pedro después de la negación. Que tu mirada penetre
en nuestras almas y nos indique el camino en nuestra vida. El día de
Pentecostés has conmovido en corazón e infundido el don de la conversión a los
que el Viernes Santo gritaron contra ti. De este modo nos has dado esperanza a
todos. Danos también a nosotros de nuevo la gracia de la conversión.
SEGUNDA ESTACIÓN
Jesús con la cruz a cuestas

V /. Te adoramos o Cristo y te bendecimos.
R /. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Lectura del Evangelio según San Mateo 27, 27-31
Los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron
alrededor de él a toda la compañía: lo desnudaron y le pusieron un manto de
color púrpura y trenzando una corona de espinas se la ciñeron a la cabeza y le
pusieron una caña en la mano derecha. Y doblando ante él la rodilla, se
burlaban de él diciendo: «¡Salve, Rey de los judíos!». Luego lo escupían, le
quitaban la caña y le golpeaban con ella en la cabeza. Y terminada la burla, le
quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar.
MEDITACIÓN
Jesús, condenado por declararse rey, es escarnecido, pero precisamente en la
burla emerge cruelmente la verdad. ¡Cuántas veces los signos de poder
ostentados por los potentes de este mundo son un insulto a la verdad, a la
justicia y a la dignidad del hombre! Cuántas veces sus ceremonias y sus
palabras grandilocuentes, en realidad, no son más que mentiras pomposas, una
caricatura de la tarea a la que se deben por su oficio, el de ponerse al
servicio del bien. Jesús, precisamente por ser escarnecido y llevar la corona
del sufrimiento, es el verdadero rey. Su cetro es la justicia (Sal 44, 7). El
precio de la justicia es el sufrimiento en este mundo: él, el verdadero rey, no
reina por medio de la violencia, sino a través del amor que sufre por nosotros
y con nosotros. Lleva sobre sí la cruz, nuestra cruz, el peso de ser hombres,
el peso del mundo. Así es como nos precede y nos muestra cómo encontrar el
camino para la vida eterna.
ORACIÓN
Señor, te has dejado escarnecer y ultrajar. Ayúdanos a no unirnos a los que
se burlan de quienes sufren o son débiles. Ayúdanos a reconocer tu rostro en
los humillados y marginados. Ayúdanos a no desanimarnos ante las burlas del
mundo cuando se ridiculiza la obediencia a tu voluntad. Tú has llevado la cruz
y nos has invitado a seguirte por ese camino (Mt 10, 38). Danos fuerza para
aceptar la cruz, sin rechazarla; para no lamentarnos ni dejar que nuestros
corazones se abatan ante las dificultades de la vida. Anímanos a recorrer el
camino del amor y, aceptando sus exigencias, alcanzar la verdadera alegría.
TERCERA ESTACIÓN
Jesús cae por primera vez

V /. Te adoramos o Cristo y te bendecimos.
R /. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Lectura del libro del profeta Isaías 53, 4-6
Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo
estimamos leproso, herido de Dios y humillado, traspasado por nuestras
rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable vino
sobre él, sus cicatrices nos curaron. Todos errábamos como ovejas, cada uno
siguiendo su camino, y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes.
MEDITACIÓN
El hombre ha caído y cae siempre de nuevo: cuántas veces se convierte en una
caricatura de sí mismo y, en vez de ser imagen de Dios, ridiculiza al Creador.
¿No es acaso la imagen por excelencia del hombre la de aquel que, bajando de
Jerusalén a Jericó, cayó en manos de los salteadores que lo despojaron
dejándolo medio muerto, sangrando al borde del camino? Jesús que cae bajo la
cruz no es sólo un hombre extenuado por la flagelación. El episodio resalta
algo más profundo, como dice Pablo en la carta a los Filipenses: «Él, a pesar
de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario,
se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de
tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse
incluso a la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2, 6-8). En su caída bajo el
peso de la cruz aparece todo el itinerario de Jesús: su humillación voluntaria
para liberarnos de nuestro orgullo. Subraya a la vez la naturaleza de nuestro
orgullo: la soberbia que nos induce a querer emanciparnos de Dios, a ser sólo
nosotros mismos, sin necesidad del amor eterno y aspirando a ser los únicos
artífices de nuestra vida. En esta rebelión contra la verdad, en este intento
de hacernos dioses, nuestros propios creadores y jueces, nos hundimos y
terminamos por autodestruirnos. La humillación de Jesús es la superación de
nuestra soberbia: con su humillación nos ensalza. Dejemos que nos ensalce.
Despojémonos de nuestra autosuficiencia, de nuestro engañoso afán de autonomía
y aprendamos de él, del que se ha humillado, a encontrar nuestra verdadera
grandeza, humillándonos y dirigiéndonos hacia Dios y los hermanos
oprimidos.
ORACIÓN
Señor Jesús, el peso de la cruz te ha hecho caer. El peso de nuestro pecado,
el peso de nuestra soberbia, te derriba. Pero tu caída no es signo de un
destino adverso, no es la pura y simple debilidad de quien es despreciado. Has
querido venir a socorrernos porque a causa de nuestra soberbia yacemos en
tierra. La soberbia de pensar que podemos forjarnos a nosotros mismos lleva a
transformar al hombre en una especie de mercancía, que puede ser comprada y
vendida, una reserva de material para nuestros experimentos, con los cuales
esperamos superar por nosotros mismos la muerte, mientras que, en realidad, no
hacemos más que mancillar cada vez más profundamente la dignidad humana. Señor,
ayúdanos porque hemos caído. Ayúdanos a renunciar a nuestra soberbia
destructiva y, aprendiendo de tu humildad, a levantarnos de nuevo.
CUARTA ESTACIÓN
Jesús se encuentra con su Madre

V /. Te adoramos o Cristo y te bendecimos.
R /. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Lectura del Evangelio según San Lucas 2, 34-35.51
Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: «Mira, éste está puesto para que
muchos en Israel caigan y se levanten; será una bandera discutida: así quedará
clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el
alma». Su madre conservaba todo esto en su corazón.
MEDITACIÓN
En el Vía crucis de Jesús está también María, su Madre. Durante su vida pública
debía retirarse para dejar que naciera la nueva familia de Jesús, la familia de
sus discípulos. También hubo de oír estas palabras: «¿Quién es mi madre y
quiénes son mis hermanos?... El que cumple la voluntad de mi Padre del cielo,
ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre» (Mt 12, 48-50). Y esto muestra que
ella es la Madre de Jesús no solamente en el cuerpo, sino también en el
corazón. Porque incluso antes de haberlo concebido en el vientre, con su
obediencia lo había concebido en el corazón. Se le había dicho: «Concebirás en
tu vientre y darás a luz un hijo... Será grande..., el Señor Dios le dará el
trono de David su padre» (Lc 1, 31 ss). Pero poco más tarde el viejo Simeón le
diría también: «y a ti, una espada te traspasará el alma» (Lc 2, 35). Esto le
haría recordar palabras de los profetas como éstas: «Maltratado,
voluntariamente se humillaba y no abría boca; como un cordero llevado al
matadero» (Is 53, 7). Ahora se hace realidad. En su corazón habrá guardado
siempre la palabra que el ángel le había dicho cuando todo comenzó: «No temas,
María» (Lc 1, 30). Los discípulos han huido, ella no. Está allí, con el valor
de la madre, con la fidelidad de la madre, con la bondad de la madre, y con su
fe, que resiste en la oscuridad: «Bendita tú que has creído» (Lc 1, 45). «Pero
cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?» (Lc 18, 8).
Sí, ahora ya lo sabe: encontrará fe. Éste es su gran consuelo en aquellos
momentos.
ORACIÓN
Santa María, Madre del Señor, has permanecido fiel cuando los discípulos
huyeron. Al igual que creíste cuando el ángel te anunció lo que parecía
increíble ˆque serías la madre del Altísimoˆ también has creído en el momento
de su mayor humillación. Por eso, en la hora de la cruz, en la hora de la noche
más oscura del mundo, te han convertido en la Madre de los creyentes, Madre de
la Iglesia. Te rogamos que nos enseñes a creer y nos ayudes para que la fe nos
impulse a servir y dar muestras de un amor que socorre y sabe compartir el
sufrimiento.
QUINTA ESTACIÓN
El Cireneo ayuda a Jesús a llevar la cruz

V /. Te adoramos o Cristo y te bendecimos.
R /. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Lectura Evangelio según San Mateo 27, 32; 16, 24
Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a que
llevara la cruz. Jesús había dicho a sus discípulos: «El que quiera venir
conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga».
MEDITACIÓN
Simón de Cirene, de camino hacia casa volviendo del trabajo, se encuentra
casualmente con aquella triste comitiva de condenados, un espectáculo quizás
habitual para él. Los soldados usan su derecho de coacción y cargan al robusto
campesino con la cruz. ¡Qué enojo debe haber sentido al verse improvisamente
implicado en el destino de aquellos condenados! Hace lo que debe hacer,
ciertamente con mucha repugnancia. El evangelista Marcos menciona también a sus
hijos, seguramente conocidos como cristianos, como miembros de aquella
comunidad (Mc 15, 21). Del encuentro involuntario ha brotado la fe. Acompañando
a Jesús y compartiendo el peso de la cruz, el Cireneo comprendió que era una
gracia poder caminar junto a este Crucificado y socorrerlo. El misterio de
Jesús sufriente y mudo le llegado al corazón. Jesús, cuyo amor divino es lo
único que podía y puede redimir a toda la humanidad, quiere que compartamos su
cruz para completar lo que aún falta a sus padecimientos (Col 1, 24). Cada vez
que nos acercamos con bondad a quien sufre, a quien es perseguido o está
indefenso, compartiendo su sufrimiento, ayudamos a llevar la misma cruz de
Jesús. Y así alcanzamos la salvación y podemos contribuir a la salvación del
mundo.
ORACIÓN
Señor, a Simón de Cirene le has abierto los ojos y el corazón, dándole, al
compartir la cruz, la gracia de la fe. Ayúdanos a socorrer a nuestro prójimo
que sufre, aunque esto contraste con nuestros proyectos y nuestras simpatías.
Danos la gracia de reconocer como un don el poder compartir la cruz de los
otros y experimentar que así caminamos contigo. Danos la gracia de reconocer
con gozo que, precisamente compartiendo tu sufrimiento y los sufrimientos de
este mundo, nos hacemos servidores de la salvación, y que así podemos ayudar a
construir tu cuerpo, la Iglesia.
SEXTA ESTACIÓN
La Verónica enjuga el rostro de Jesús

V /. Te adoramos o Cristo y te bendecimos.
R /. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Lectura del libro del profeta Isaías 53, 2-3
No tenía figura ni belleza. Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y
evitado por los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a
sufrimientos, ante el cual se ocultan los rostros; despreciado y
desestimado.
Del libro de los Salmos 26, 8-9
Oigo en mi corazón: «Buscad mi rostro». Tu rostro buscaré, Señor, no me
escondas tu rostro. No rechaces con ira a tu siervo, que tú eres mi auxilio; no
me deseches, no me abandones, Dios de mi salvación.
MEDITACIÓN
«Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro » (Sal 26, 8-9). Verónica
ˆBerenice, según la tradición griegaˆ encarna este anhelo que acomuna a todos
los hombres píos del Antiguo Testamento, el anhelo de todos los creyentes de
ver el rostro de Dios. Ella, en principio, en el Vía crucis de Jesús no hace
más que prestar un servicio de bondad femenina: ofrece un paño a Jesús. No se
deja contagiar ni por la brutalidad de los soldados, ni inmovilizar por el
miedo de los discípulos. Es la imagen de la mujer buena que, en la turbación y
en la oscuridad del corazón, mantiene el brío de la bondad, sin permitir que su
corazón se oscurezca. «Bienaventurados los limpios de corazón ˆhabía dicho el
Señor en el Sermón de la montañaˆ, porque verán a Dios» (Mt 5, 8).
Inicialmente, Verónica ve solamente un rostro maltratado y marcado por el dolor.
Pero el acto de amor imprime en su corazón la verdadera imagen de Jesús: en el
rostro humano, lleno de sangre y heridas, ella ve el rostro de Dios y de su
bondad, que nos acompaña también en el dolor más profundo. Únicamente podemos
ver a Jesús con el corazón. Solamente el amor nos deja ver y nos hace puros.
Sólo el amor nos permite reconocer a Dios, que es el amor mismo.
ORACIÓN
Danos, Señor, la inquietud del corazón que busca tu rostro. Protégenos de la
oscuridad del corazón que ve solamente la superficie de las cosas. Danos la
sencillez y la pureza que nos permiten ver tu presencia en el mundo. Cuando no
seamos capaces de cumplir grandes cosas, danos la fuerza de una bondad humilde.
Graba tu rostro en nuestros corazones, para que así podamos encontrarte y
mostrar al mundo tu imagen.
SÉPTIMA ESTACIÓN
Jesús cae por segunda vez

V /. Te adoramos o Cristo y te bendecimos.
R /. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Lectura del libro de las Lamentaciones 3, 1-2.9.16
Yo soy el hombre que ha visto la miseria bajo el látigo de su furor. El me ha
llevado y me ha hecho caminar en tinieblas y sin luz. Ha cercado mis caminos
con piedras sillares, ha torcido mis senderos. Ha quebrado mis dientes con
guijarro, me ha revolcado en la ceniza.
MEDITACIÓN
La tradición de las tres caídas de Jesús y del peso de la cruz hace pensar en
la caída de Adán ˆen nuestra condición de seres caídosˆ y en el misterio de la
participación de Jesús en nuestra caída. Ésta adquiere en la historia for-mas
siempre nuevas. En su primera carta, san Juan habla de tres obstáculos para el
hombre: la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la
soberbia de la vida. Interpreta de este modo, desde la perspectiva de los
vicios de su tiempo, con todos sus excesos y perversiones, la caída del hombre
y de la humanidad. Pero podemos pensar también en cómo la cristiandad, en la
historia reciente, como cansándose de tener fe, ha abandonado al Señor: las
grandes ideologías y la superficialidad del hombre que ya no cree en nada y se
deja llevar simplemente por la corriente, han creado un nuevo paganismo, un
paganismo peor que, queriendo olvidar definitivamente a Dios, ha terminado por
desentenderse del hombre. El hombre, pues, está sumido en la tierra. El Señor
lleva este peso y cae y cae, para poder venir a nuestro encuentro; él nos mira
para que despierte nuestro corazón; cae para levantarnos.
ORACIÓN
Señor Jesucristo, has llevado nuestro peso y continúas llevándolo. Es
nuestra carga la que te hace caer. Pero levántanos tú, porque solos no podemos
reincorporarnos. Líbranos del poder de la concupiscencia. En lugar de un
corazón de piedra danos de nuevo un corazón de carne, un corazón capaz de ver.
Destruye el poder de las ideologías, para que los hombres puedan reconocer que
están entretejidas de mentiras. No permitas que el muro del materialismo llegue
a ser insuperable. Haz que te reconozcamos de nuevo. Haznos sobrios y
vigilantes para poder resistir a las fuerzas del mal y ayúdanos a reconocer las
necesidades interiores y exteriores de los demás, a socorrerlos. Levántanos
para poder levantar a los demás. Danos esperanza en medio de toda esta
oscuridad, para que seamos portadores de esperanza para el mundo.
OCTAVA ESTACIÓN
Jesús encuentra a las mujeres de Jerusalén

V /. Te adoramos o Cristo y te bendecimos.
R /. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Lectura del Evangelio según San Lucas 23, 28-31
Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí,
llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque mirad que llegará el día en
que dirán: «dichosas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los
pechos que no han criado». Entonces empezarán a decirles a los montes:
«Desplomaos sobre nosotros»; y a las colinas: «Sepultadnos»; porque si así
tratan al leño verde, ¿qué pasará con el seco?
MEDITACIÓN
Oír a Jesús cuando exhorta a las mujeres de Jerusalén que lo siguen y lloran
por él, nos hace reflexionar. ¿Cómo entenderlo? ¿Se tratará quizás de una
advertencia ante una piedad puramente sentimental, que no llega a ser
conversión y fe vivida? De nada sirve compadecer con palabras y sentimientos
los sufrimientos de este mundo, si nuestra vida continúa como siempre. Por esto
el Señor nos advierte del riesgo que corremos nosotros mismos. Nos muestra la
gravedad del pecado y la seriedad del juicio. No obstante todas nuestras
palabras de preocupación por el mal y los sufrimientos de los inocentes, ¿no
estamos tal vez demasiado inclinados a dar escasa importancia al misterio del
mal? En la imagen de Dios y de Jesús al final de los tiempos, ¿no vemos quizás
únicamente el aspecto dulce y amoroso, mientras descuidamos tranquilamente el
aspecto del juicio? ¿Cómo podrá Dios ˆpensamosˆ hacer de nuestra debilidad un
drama? ¡Somos solamente hombres! Pero ante los sufrimientos del Hijo vemos toda
la gravedad del pecado y cómo debe ser expiado del todo para poder superarlo.
No se puede seguir quitando importancia al mal contemplando la imagen del Señor
que sufre. También él nos dice: «No lloréis por mí; llorad más bien por
vosotros... porque si así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el seco?»
ORACIÓN
Señor, a las mujeres que lloran les has hablado de penitencia, del día del
Juicio cuando nos encontremos en tu presencia, en presencia del Juez del mundo.
Nos llamas a superar un concepción del mal como algo banal, con la cual nos
tranquilizamos para poder continuar nuestra vida de siempre. Nos muestras la
gravedad de nuestra responsabilidad, el peligro de encontrarnos culpables y
estériles en el Juicio. Haz que caminemos junto a ti sin limitarnos a ofrecerte
sólo palabras de compasión. Conviértenos y danos una vida nueva; no permitas
que, al final, nos quedemos como el leño seco, sino que lleguemos a ser
sarmientos vivos en ti, la vid verdadera, y que produzcamos frutos para la vida
eterna (cf. Jn 15, 1-10).
NOVENA ESTACIÓN
Jesús cae por tercera vez

V /. Te adoramos o Cristo y te bendecimos.
R /. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Lectura del libro de las Lamentaciones 3, 27-32
Bueno es para el hombre soportar el yugo desde su juventud. Que se sienta
solitario y silencioso, cuando el Señor se lo impone; que ponga su boca en el
polvo: quizá haya esperanza; que tienda la mejilla a quien lo hiere, que se
harte de oprobios. Porque el Señor no desecha para siempre a los humanos: si
llega a afligir, se apiada luego según su inmenso amor.
MEDITACIÓN
¿Qué puede decirnos la tercera caída de Jesús bajo el peso de la cruz? Quizás
nos hace pensar en la caída de los hombres, en que muchos se alejan de Cristo,
en la tendencia a un secularismo sin Dios. Pero, ¿no deberíamos pensar también
en lo que debe sufrir Cristo en su propia Iglesia? En cuántas veces se abusa
del sacramento de su presencia, y en el vacío y maldad de corazón donde entra a
menudo. ¡Cuántas veces celebramos sólo nosotros sin darnos cuenta de él!
¡Cuántas veces se deforma y se abusa de su Palabra! ¡Qué poca fe hay en muchas
teorías, cuántas palabras vacías! ¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los
que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta
soberbia, cuánta autosuficiencia! ¡Qué poco respetamos el sacramento de la
Reconciliación, en el cual él nos espera para levantarnos de nuestras caídas!
También esto está presente en su pasión. La traición de los discípulos, la
recepción indigna de su Cuerpo y de su Sangre, es ciertamente el mayor dolor
del Redentor, el que le traspasa el corazón. No nos queda más que gritarle
desde lo profundo del alma: Kyrie, eleison ˆ Señor, sálvanos (cf Mt
8,25).
ORACIÓN
Señor, frecuentemente tu Iglesia nos parece una barca a punto de hundirse,
que hace aguas por todas partes. Y también en tu campo vemos más cizaña que
trigo. Nos abruman su atuendo y su rostro tan sucios. Pero los empañamos
nosotros mismos. Nosotros quienes te traicionamos, no obstante los gestos
ampulosos y las palabras altisonantes. Ten piedad de tu Iglesia: también en
ella Adán, el hombre, cae una y otra vez. Al caer, quedamos en tierra y Satanás
se alegra, porque espera que ya nunca podremos levantarnos; espera que tú,
siendo arrastrado en la caída de tu Iglesia, quedes abatido para siempre. Pero
tú te levantarás. Tú te has reincorporado, has resucitado y puedes levantarnos.
Salva y santifica a tu Iglesia. Sálvanos y santifícanos a todos.
DÉCIMA ESTACIÓN
Jesús es despojado de sus vestiduras

V /. Te adoramos o Cristo y te bendecimos.
R /. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Lectura del Evangelio según San Mateo 27, 33 -36
Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir «La Calavera»), le
dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo.
Después de crucificarlo, se repartieron su ropa echándola a suertes y luego se
sentaron a custodiarlo.
MEDITACIÓN
Jesús es despojado de sus vestiduras. El vestido confiere al hombre una
posición social; indica su lugar en la sociedad, le hace ser alguien. Ser
desnudado en público significa que Jesús no es nadie, no es más que un
marginado, despreciado por todos. El momento de despojarlo nos recuerda también
la expulsión del paraíso: ha desaparecido en el hombre el esplendor de Dios y
ahora se encuentra en mundo desnudo y al descubierto, y se avergüenza. Jesús
asume una vez más la situación del hombre caído. Jesús despojado nos recuerda
que todos nosotros hemos perdido la «primera vestidura» y, por tanto, el
esplendor de Dios. Al pie de la cruz los soldados echan a suerte sus míseras
pertenencias, sus vestidos. Los evangelistas lo relatan con palabras tomadas
del Salmo 21, 19 y nos indican así lo que Jesús dirá a los discípulos de Emaús:
todo se cumplió «según las Escrituras». Nada es pura coincidencia, todo lo que
sucede está dicho en la Palabra de Dios, confirmado por su designio divino. El
Señor experimenta todas las fases y grados de la perdición de los hombres, y
cada uno de ellos, no obstante su amargura, son un paso de la redención: así
devuelve él a casa la oveja perdida. Recordemos también que Juan precisa el
objeto del sorteo: la túnica de Jesús, «tejida de una pieza de arriba abajo»
(Jn 19, 23). Podemos considerarlo una referencia a la vestidura del sumo
sacerdote, que era «de una sola pieza», sin costuras (Flavio Josefo, Ant. jud.,
III, 161). Éste, el Crucificado, es de hecho el verdadero sumo sacerdote.
ORACIÓN
Señor Jesús, has sido despojado de tus vestiduras, expuesto a la deshonra,
expulsado de la sociedad. Te has cargado de la deshonra de Adán, sanándolo. Te
has cargado con los sufrimientos y necesidades de los pobres, aquellos que
están excluidos del mundo. Pero es exactamente así como cumples la palabra de
los profetas. Es así como das significado a lo que aparece privado de
significado. Es así como nos haces reconocer que tu Padre te tiene en sus
manos, a ti, a nosotros y al mundo. Concédenos un profundo respeto hacia el
hombre en todas las fases de su existencia y en todas las situaciones en las
cuales lo encontramos. Danos el traje de la luz de tu gracia.
UNDÉCIMA ESTACIÓN
Jesús clavado en la cruz

V /. Te adoramos o Cristo y te bendecimos.
R /. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Lectura del Evangelio según San Mateo 7, 37-42
Encima de la cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Este es Jesús, el
Rey de los judíos». Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro
a la izquierda. Los que pasaban, lo injuriaban y decían meneando la cabeza: «Tú
que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo; si
eres Hijo de Dios, baja de la cruz». Los sumos sacerdotes con los letrados y
los senadores se burlaban también diciendo: «A otros ha salvado y él no se
puede salvar. ¿No es el Rey de Israel? Que baje ahora de la cruz y le
creeremos».
MEDITACIÓN
Jesús es clavado en la cruz. La Sábana Santa de Turín nos permite hacernos una
idea de la increíble crueldad de este procedimiento. Jesús no bebió el calmante
que le ofrecieron: asume conscientemente todo el dolor de la crucifixión. Su
cuerpo está martirizado; se han cumplido las palabras del Salmo: «Yo soy un
gusano, no un hombre, vergüenza de la gente, desprecio del pueblo» (Sal 21,
27). «Como uno ante quien se oculta el rostro, era despreciado... Y con todo
eran nuestros sufrimientos los que él llevaba y nuestros dolores los que
soportaba» (Is 53, 3 ss). Detengámonos ante esta imagen de dolor, ante el Hijo
de Dios sufriente. Mirémosle en los momentos de satisfacción y gozo, para
aprender a respetar sus límites y a ver la superficialidad de todos los bienes
puramente materiales. Mirémosle en los momentos de adversidad y angustia, para
reconocer que precisamente así estamos cerca de Dios. Tratemos de descubir su
rostro en aquellos que tendemos a despreciar. Ante el Señor condenado, que no
quiere usar su poder para descender de la cruz, sino que más bien soportó el
sufrimiento de la cruz hasta el final, podemos hacer aún otra reflexión.
Ignacio de Antioquia, encadenado por su fe en el Señor, elogió a los cristianos
de Esmirna por su fe inamovible: dice que estaban, por así decir, clavados con
la carne y la sangre a la cruz del Señor Jesucristo (1,1). Dejémonos clavar a
él, no cediendo a ninguna tentación de apartarnos, ni a las burlas que nos
inducen a darle la espalda.
ORACIÓN
Señor Jesucristo, te has dejado clavar en la cruz, aceptando la terrible
crueldad de este dolor, la destrucción de tu cuerpo y de tu dignidad. Te has
dejado clavar, has sufrido sin evasivas ni compromisos. Ayúdanos a no desertar
ante lo que debemos hacer. A unirnos estrechamente a ti. A desenmascarar la
falsa libertad que nos quiere alejar de ti. Ayúdanos a aceptar tu libertad
«comprometida» y a encontrar en la estrecha unión contigo la verdadera
libertad.
DUODÉCIMA ESTACIÓN
Jesús muere en la cruz

V /. Te adoramos o Cristo y te bendecimos.
R /. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Lectura del Evangelio según San Juan 19, 19-20
Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito:
«Jesús el Nazareno, el Rey de los judíos». Leyeron el letrero muchos judíos,
estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús y estaba escrito en hebreo,
latín y griego.
Del Evangelio según San Mateo 27, 45-50. 54
Desde el mediodía hasta la media tarde vinieron tinieblas sobre toda aquella
región. A media tarde Jesús gritó: «Elí, Elí lamá sabaktaní», es decir: «Dios
mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Al oírlo algunos de los que estaban
por allí dijeron: «A Elías llama éste». Uno de ellos fue corriendo; enseguida
cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio de
beber. Los demás decían: «Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo». Jesús, dio
otro grito fuerte y exhaló el espíritu. El centurión y sus hombres, que
custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba dijeron aterrorizados:
«Realmente éste era Hijo de Dios».
MEDITACIÓN
Sobre la cruz ˆen las dos lenguas del mundo de entonces, el griego y el latín,
y en la lengua del pueblo elegido, el hebreoˆ está escrito quien es Jesús: el
Rey de los judíos, el Hijo prometido de David. Pilato, el juez injusto, ha sido
profeta a su pesar. Ante la opinión pública mundial se proclama la realeza de
Jesús. Él mismo había declinado el título de Mesías porque habría dado a
entender una idea errónea, humana, de poder y salvación. Pero ahora el título
puede aparecer escrito públicamente encima del Crucificado. Efectivamente, él
es verdaderamente el rey del mundo. Ahora ha sido realmente «ensalzado». En su
descendimiento, ascendió. Ahora ha cumplido radicalmente el mandamiento del
amor, ha cumplido el ofrecimiento de sí mismo y, de este modo, manifiesta al
verdadero Dios, al Dios que es amor. Ahora sabemos que es Dios. Sabemos cómo es
la verdadera realeza. Jesús recita el Salmo 21, que comienza con estas
palabras: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Sal 21, 2). Asume
en sí a todo el Israel sufriente, a toda la humanidad que padece, el drama de
la oscuridad de Dios, manifestando de este modo a Dios justamente donde parece
estar definitivamente vencido y ausente. La cruz de Jesús es un acontecimiento
cósmico. El mundo se oscurece cuando el Hijo de Dios padece la muerte. La
tierra tiembla. Y junto a la cruz nace la Iglesia en el ámbito de los paganos.
El centurión romano reconoce y entiende que Jesús es el Hijo de Dios. Desde la
cruz, él triunfa siempre de nuevo.
ORACIÓN
Señor Jesucristo, en la hora de tu muerte se oscureció el sol.
Constantemente estás siendo clavado en la cruz. En este momento histórico
vivimos en la oscuridad de Dios. Por el gran sufrimiento, y por la maldad de
los hombres, el rostro de Dios, tu rostro, aparece difuminado, irreconocible.
Pero en la cruz te has hecho reconocer. Porque eres el que sufre y el que ama, eres
el que ha sido ensalzado. Precisamente desde allí has triunfado. En esta hora
de oscuridad y turbación, ayúdanos a reconocer tu rostro. A creer en ti y a
seguirte en el momento de la necesidad y de las tinieblas. Muéstrate de nuevo
al mundo en esta hora. Haz que se manifieste tu salvación.
DECIMOTERCERA ESTACIÓN
Jesús es bajado de la cruz y entregado a su Madre

V /. Te adoramos o Cristo y te bendecimos.
R /. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Lectura del Evangelio según San Mateo 27, 54-55
El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo
que pasaba dijeron aterrorizados: «Realmente éste era Hijo de Dios». Había allí
muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús
desde Galilea para atenderle.
MEDITACIÓN
Jesús está muerto, de su corazón traspasado por la lanza del soldado romano
mana sangre y agua: misteriosa imagen del caudal de los sacramentos, del
Bautismo y de la Eucaristía, de los cuales, por la fuerza del corazón traspasado
del Señor, renace siempre la Iglesia. A él no le quiebran las piernas como a
los otros dos crucificados; así se manifiesta como el verdadero cordero
pascual, al cual no se le debe quebrantar ningún hueso (cf Ex 12, 46). Y ahora
que ha soportado todo, se ve que, a pesar de toda la turbación del corazón, a
pesar del poder del odio y de la ruindad, él no está solo. Están los fieles. Al
pie de la cruz estaba María, su Madre, la hermana de su Madre, María, María
Magdalena y el discípulo que él amaba. Llega también un hombre rico, José de
Arimatea: el rico logra pasar por el ojo de la aguja, porque Dios le da la
gracia. Entierra a Jesús en su tumba aún sin estrenar, en un jardín: donde
Jesús es enterrado, el cementerio se transforma en un vergel, el jardín del que
había sido expulsado Adán cuando se alejó de la plenitud de la vida, de su
Creador. El sepulcro en el jardín manifiesta que el dominio de la muerte está a
punto de terminar. Y llega también un miembro del Sanedrín, Nicodemo, al que
Jesús había anunciado el misterio del rena-cer por el agua y el Espíritu.
También en el sanedrín, que había decidido su muerte, hay alguien que cree, que
conoce y reconoce a Jesús después de su muerte. En la hora del gran luto, de la
gran oscuridad y de la desesperación, surge misteriosamente la luz de la
esperanza. El Dios escondido permanece siempre como Dios vivo y cercano.
También en la noche de la muerte, el Señor muerto sigue siendo nuestro Señor y
Salvador. La Iglesia de Jesucristo, su nueva familia, comienza a formarse.
ORACIÓN
Señor, has bajado hasta la oscuridad de la muerte. Pero tu cuerpo es
recibido por manos piadosas y envuelto en una sábana limpia (Mt 27, 59). La fe
no ha muerto del todo, el sol no se ha puesto totalmente. Cuántas veces parece
que estés durmiendo. Qué fácil es que nosotros, los hombres, nos alejemos y nos
digamos a nosotros mismos: Dios ha muerto. Haz que en la hora de la oscuridad
reconozcamos que tú estás presente. No nos dejes solos cuando nos aceche el
desánimo. Y ayúdanos a no dejarte solo. Danos una fidelidad que resista en el
extravío y un amor que te acoja en el momento de tu necesidad más extrema, como
tu Madre, que te arropa de nuevo en su seno. Ayúdanos, ayuda a los pobres y a
los ricos, a los sencillos y a los sabios, para poder ver por encima de los
miedos y prejuicios, y te ofrezcamos nuestros talentos, nuestro corazón,
nuestro tiempo, preparando así el jardín en el cual puede tener lugar la
resurrección.
DECIMOCUARTA ESTACIÓN
Jesús es puesto en el sepulcro

V /. Te adoramos o Cristo y te bendecimos.
R /. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Lectura del Evangelio según San Mateo 27, 59-61
José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en
el sepulcro nuevo que se había excavado en una roca, rodó una piedra grande a
la entrada del sepulcro y se marchó. María Magdalena y la otra María se
quedaron allí sentadas enfrente del sepulcro.
MEDITACIÓN
Jesús, deshonrado y ultrajado, es puesto en un sepulcro nuevo con todos los
honores. Nicodemo lleva una mezcla de mirra y áloe de cien libras para difundir
un fragante perfume. Ahora, en la entrega del Hijo, como ocurriera en la unción
de Betania, se manifiesta una desmesura que nos recuerda el amor generoso de
Dios, la «sobreabundancia» de su amor. Dios se ofrece generosamente a sí mismo.
Si la medida de Dios es la sobreabundancia, también para nosotros nada debe ser
demasiado para Dios. Es lo que Jesús nos ha enseñado en el Sermón de la montaña
(Mt 5, 20). Pero es necesario recordar también lo que san Pablo dice de Dios,
el cual «por nuestro medio difunde en todas partes el olor de su conocimiento.
Pues nosotros somos [...] el buen olor de Cristo» (2 Co 2, 14-15). En la
descomposición de las ideologías, nuestra fe debería ser una vez más el perfume
que conduce a las sendas de la vida. En el momento de su sepultura, comienza a
realizarse la palabra de Jesús: « Si el grano de trigo no cae en tierra y
muere, queda infecundo; pero si muere, dará mucho fruto» (Jn 12, 24). Jesús es
el grano de trigo que muere. Del grano de trigo enterrado comienza la gran
multiplica-ción del pan que dura hasta el fin de los tiempos: él es el pan de
vida capaz de saciar sobreabundantemente a toda la humanidad y de darle el
sustento vital: el Verbo de Dios, que es carne y también pan para nosotros, a
través de la cruz y la resurrección. Sobre el sepulcro de Jesús resplandece el
misterio de la Eucaristía.
ORACIÓN
Señor Jesucristo, al ser puesto en el sepulcro has hecho tuya la muerte del
grano de trigo, te has hecho el grano de trigo que muere y produce fruto con el
paso del tiempo hasta la eternidad. Desde el sepulcro iluminas para siempre la
promesa del grano de trigo del que procede el verdadero maná, el pan de vida en
el cual te ofreces a ti mismo. La Palabra eterna, a través de la encarnación y
la muerte, se ha hecho Palabra cercana; te pones en nuestras manos y entras en
nuestros corazones para que tu Palabra crezca en nosotros y produzca fruto. Te
das a ti mismo a través de la muerte del grano de trigo, para que también
nosotros tengamos el valor de perder nuestra vida para encontrarla; a fin de
que también nosotros confiemos en la promesa del grano de trigo. Ayúdanos a
amar cada vez más tu misterio eucarístico y a venerarlo, a vivir verdaderamente
de ti, Pan del cielo. Auxílianos para que seamos tu perfume y hagamos visible
la huella de tu vida en este mundo. Como el grano de trigo crece de la tierra
como retoño y espiga, tampoco tú podías permanecer en el sepulcro: el sepulcro
está vacío porque el Padre no te «entregó a la muerte, ni tu carne conoció la
corrupción» (Hch 2, 31; Sal 15, 10). No, tú no has conocido la corrupción. Has
resucitado y has abierto el corazón de Dios a la carne transformada. Haz que
podamos alegrarnos de esta esperanza y llevarla gozosamente al mundo, para ser
de este modo testigos de tu resurrección.

| Meditaciones y Oraciones del Vía Crucis |
Cardenal Joseph Ratzinger en el Coliseo el Viernes Santo del 2005.
Fuente: http://es.catholic.net/aprendeaorar/32/400/articulo.php?id=22446
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